Era el principio de los tiempos. El Sol y
la Luna eran
marido y mujer: dos dioses gigantes, tan buenos y generosos como enormes eran.
El Sol era el dueño de todo el calor y la
fuerza del mundo; tanto era su poder que de sólo extender los brazos la tierra
se inundaba de luz y de sus dedos prodigiosos brotaba el calor a raudales.
Era el dueño absoluto de la vida y de la
muerte.
Ella, la Luna, era blanca y hermosa.
Dueña de la sabiduría y el silencio; de
la paz y la dulzura. Ante su presencia todo se aquietaba. Andando por la tierra
crearon la llanura: una inmensa extensión que cubrieron de pastos y de flores
para hacerla más bella. Y la llanura era una lisa alfombra verde por donde los
dioses paseaban con blandos pasos. Luego crearon las lagunas donde el Sol y la Luna se bañaban después de
sus largos paseos.