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domingo, 3 de octubre de 2010

El Hombre que derribó nueve soles

Durante el reinado del emperador Yao había un famoso arquero llamado Yi. Su puntería era tal que podía derribar con diez flechas diez pájaros al vuelo.

Sucedió que, por un capricho de los astros, los diez soles que se turnaban para iluminar el mundo, decidieron aparecer al mismo tiempo en la bóveda celeste, lo que causó una desastrosa sequía: se secaban los ríos y lagos, se quemaban los bosques por el calor, las cosechas morían instantáneamente en los campos agrietados.
Hacía un calor insoportable y la gente se encontraba refugiada en profundas cuevas de las montañas. Desapareció la noche, porque los despiadados astros de fuego no se ponían como antes en las horas nocturnas. Parecía que el infierno hubiera aflorado sobre la Tierra con llamas abrasadoras y una deslumbrante brillantez solar. La gente lloraba frente al desastre, rogando a los dioses que tuvieran compasión de ellos.

Cuando el Dios Celestial se enteró de las travesuras solares, decidió castigar a los astros enviando a Yi el arquero, a quien le entregó un gigantesco arco rojo y diez flechas blancas.

Yi se ubicó en lo alto de la montaña, tensó su durísimo arco y realizó el primer disparo. Cayó un sol estrepitosamente entre una lluvia de fuegos y chispas. Con el segundo flechazo, desapareció otra esfera de brasa. Así sucesivamente la bóveda celeste perdía uno tras otro los siniestros astros de calor. A cada derribo se levantaban voces de júbilo de la gente que seguía el acontecimiento. La temperatura se suavizaba drásticamente, incluso sentían un poco de frío cuando el gigante celestial hubo derrocado el noveno sol, quedando sólo uno en el cielo. La gente se apresuró a impedirle al tirador un nuevo disparo para evitar un frío celestial en la Tierra.

El héroe salvó a la humanidad de una inaudita sequía, pero no terminó allí su labor benevolente porque mató a los devoradores de hombres, al monstruo acuático de nueve cabezas, al huracán que destruía las casas y a las serpientes colosales de los lagos y los mares que hacían naufragar a los barcos. Gracias a Yi, el mundo se hizo más acogedor.

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