Bienvenid@ a este bosque nebuloso. Disfruta de tu estancia.

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sábado, 16 de junio de 2012

LA LAMIA GOLOSA

En un caserío de Lakarri, en Zuberoa, vivía un matrimonio de cierta edad. El marido se iba a la cama temprano, mientras que la mujer se quedaba hasta más tarde hilando firufiru.
Pero, desde hacía algún tiempo, todas las noches, a la misma hora, una mujer
pequeña y peluda bajaba por la chimenea y no se iba hasta que hubiera terminado los restos de la cena. En cuanto aparecía, la extraña mujer decía:
—Txitxi ta papa, papa bustia? (Carne y pan, ¿el pan untado?).
Y la etxekoandre calentaba la grasa sobrante de la sartén y se la daba a la  desconocida, que se la comía con grandes muestras de alegría.
Así transcurrieron algunas semanas, hasta que la casera, al ver que la extraña  mujer seguía apareciendo noche tras noche, le contó a su marido lo que ocurría.
—¿Y tú le das de comer todas las noches? —le preguntó el hombre.
—¡Claro! ¿Qué voy a hacer, si no?
—Bueno, esta noche me quedaré yo en tu lugar, y veremos si se trata de una bruja o de una lamia —dijo entonces el marido—. Me pondré tu chal y tu pañuelo de cabeza, y así creerá que yo soy tú.
Llegada la noche, el casero se puso a hilar en el lugar de su mujer. A la misma hora de siempre oyó un gran ruido en la chimenea, y poco después apareció la desconocida.
—Txitxi ta papa, papa bustia?—preguntó como de costumbre.
El hombre hizo como si no la escuchara y continuó hilando firu‐firu con gran energía.
—Esta noche trabajas con muchos ánimos... —le dijo la mujer peluda.
—Sí —respondió él—; ayer frin‐frin, firun‐firun y hoy fran‐fran, furdulu‐furdulu...
Y el hombre prosiguió su trabajo, mientras la miraba por el rabillo del ojo. Nada más verla se había dado cuenta de que se trataba de una lamia, y que era necesario echarla de allí cuanto antes. La lamia lo observaba con mucha atención.
—Hoy pareces distinta, etxekoandre. ¿Cómo te llamas? —preguntó al cabo de un rato.
—Yoamímisma —respondió el hombre.
—¿Yoamímisma? Extraño nombre... y... txitxi ta papa, papa bustia?
El hombre se levantó y puso a calentar la sartén llena de grasa mientras la lamia, loca de contento, daba saltos a su alrededor, diciendo:
—Txitxi ta papa! Papa bustia!
Cuando la sartén estaba al rojo vivo y la grasa hervía, el hombre la cogió por el mango y le tiró el contenido en plena cara. La lamia dio un gran grito y desapareció chimenea arriba. Una vez fuera de la casa comenzó a llamar a sus compañeras, que llegaron a cientos desde todos los lugares de Iparralde y que, al verla en tal mal estado, le preguntaron:
—¿Qué te ocurre? ¿Qué tienes? ¿Quién te ha hecho eso?
—¡Yoamímisma! ¡Yoamímisma! —respondió la desafortunada lamia.
Sus compañeras se miraron sorprendidas y algo enfadadas.
—Pues si te lo has hecho tú a ti misma, ¡aguántate y no nos molestes!
Y en el mismo instante, las lamias desaparecieron en la noche. La golosa salió bien escarmentada y nunca más volvió a molestar a nadie pidiéndole papa bustia.
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De nuevo nos encontramos con una leyenda de lamias, a las que tan aficionados son los habitantes de Iparralde. Esta vez es una lamia pequeña y peluda. A pesar de que, según la tradición, las lamias son inmensamente ricas, tienen peines de oro y tesoros fabulosos, guardan los secretos de las construcciones de piedra y sus poderes son extraordinarios, necesitan la ayuda de los humanos para dar a luz o morir, y son capaces de arriesgarse por los restos de una pobre cena de campesinos.
La siguiente leyenda fue recogida, aunque en diferentes versiones, por J. M. de Barandiaran y Jean Barbier, y presenta ciertas similitudes con la leyenda «El hombre y el gato», aunque únicamente en la primera parte de la narración.