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martes, 25 de enero de 2011

Los lamentos del urutaú


- Leyenda de Argentina -

Después de castigar a los tupíes, un poderoso cacique guaraní se había establecido tranquilamente con sus parciales no lejos del Iguazú. Pero, como no hay en este mundo felicidad completa, la que le había producido su victoria, se veía turbada por las inclinaciones amorosas de su hija.
Ñeambiú, que así se llamaba ésta, se había enamorado de un prisionero de su padre: un gallardo mocetón tupí, de nombre Cuimbaé, que correspondía apasionadamente al amor de la joven.
Y estas relaciones, que a los dos enamorados les parecían la cosa más natural y agradable del mundo, al cacique y a su mujer les producían la mayor contrariedad. El cacique y su esposa no querían ni siquiera pensar en que Ñeambiú pudiese separarse de ellos, y mucho menos para casarse con un hombre que pertenecía a la raza de los tupíes, sus enemigos de ayer. Hasta tal punto llevaban su oposición, que varias veces dijeron a su hija que antes querían verla muerta que casada con Cuimbaé.
La bella Ñeambiú vivía, por todas estas cosas, cada día más sola y afligida. A sus padres no les podía contar sus penas, porque precisamente eran ellos quienes las causaban con su incomprensión. Y a Cuimbaé, su amado prisionero, no lo podía ya ni ver, por la estrecha vigilancia que le habían puesto.
Cansada así de vivir sola en la triste compañía de los hombres, se decidió un día a completar su soledad con la de los montes. Y se escapó de su casa.
Alarmado el cacique al echar de menos a su hija, acudió inmediatamente a ver a Cuimbaé, sospechando que la joven se hubiera fugado de acuerdo con él. Pero se equivocó. El infortunado prisionero recibió con mucha pena la noticia y expresó sinceramente su extrañeza. Luego dijo:
- Yo soñé que una mujer muy fiera, que representaba la desgracia, se había llevado a Ñeambiú a los montes del Iguazú, donde mora entre los animales, que ni la atacan ni huyen de su presencia.
- ¡Al Iguazú! ¡Al Iguazú! - ordenó entonces el desconsolado cacique - ¡Al Iguazú, a buscar a mi hija, que se la ha llevado caaporá!
Y los vasallos salieron hacia el Iguazú, a librar a Ñeambiú de las garras de caaporá, un ser fantástico que, con monstruosa figura humana, unas veces de hombre y otras de mujer, habita en los montes y hace desgraciados para toda su vida a los que tienen la desdicha de mirarlo.
La chillería de los ipecúes, unos pájaros que alborotan mucho cuando ven gente, movió la curiosidad de la fugitiva que, para ver qué sucedía, salió del monte donde se había metido. Y como los hombres que venían en su busca ya estaban cerca de aquel lugar, no tardaron en descubrirla.
Con las razones más persuasivas y el tono más cariñoso, trataron todos de convencerla de que debía regresar al seno de su familia. Pero por más que se esforzaron, no consiguieron hacerla salir del estado de indiferencia en que había caído.
El dolor había quemado sus sentimientos, y la pérdida de la esperanza había dejado sin sentido su vida. Sorda a los requerimientos de los enviados de su padre, les volvió la espalda e internóse de nuevo en el monte.
Ante el fracaso de los emisarios, las amigas de Ñeambiú determinaron, a una sola voz, ir en busca de la fugitiva. Quizás ellas, con solicitud más cariñosa, lograran lo que no habían conseguido los que sólo habían ido a cumplir un mandato.
Pero como éstos, las amigas de la infeliz y trastornada joven volvieron desconsoladas. Sus súplicas resultaron también completamente ineficaces.
Ñeambiú había permanecido ante ellas como una estatua: ni respondía palabra, ni daba muestras del menor sentimiento.
La desdicha de Ñeambiú parecía irremediable.
Consultóse entonces, como se hacía siempre en casos tales, al adivino de la parcialidad. Era Aguará-Payé, un indio tan sagaz como su nombre, Aguará, que quiere decir zorro. Aguará-Payé cogió dos enormes mates o calabacines llenos el uno de infusión de yerba del Paraguay y el otro de chicha y se los tomó. Al punto hizo unos visajes horribles y cayó como muerto.
Vuelto en sí al cabo de un largo rato, dijo:
- Ñeambiú ha perdido para siempre la sensibilidad y el habla. Abandonad la empresa.
- ¡No! - contestaron los padres de Ñeambiú -. No; antes morir que abandonarla.
Y se marcharon todos hacia el Iguazú.
Comprendiendo que Ñeambiú necesitaba una profunda sacudida que reavivase su sensibilidad, simularon la muerte de varios amigos, pero no obtuvieron el resultado esperado. Después le anunciaron la muerte de sus propios padres y tampoco lograron conmoverla. Entonces, como último recurso, le dijeron a Aguará-Payé, que contemplaba la triste escena:
- Haz que sienta.
Obedeciendo Aguará-Payé, se adelantó pausadamente y le dijo a Ñeambiú:
- Cuimbaé ha muerto...
Una descarga eléctrica no hubiera sacudido con más intensidad a Ñeambiú.
La desgraciada joven lanzó un lamento que estremeció todo el bosque y desapareció.
Fue un lamento tan triste y amargo que traspasando de profundo dolor a los que habían acudido a aquel lugar, los dejó convertidos en sauces.
Al poco rato, volvió Ñeambiú transformada en el ave que llaman urutaú y se posó en la rama más deshojada de aquellos sauces, para llorar eternamente su desventura. Éste es el origen del urutaú, cuyo canto parece un dolorido lamento de mujer.