Anónimo africano
Había una vez un viudo que tenía una hija
llamada Aua. El hombre casó de nuevo y de este matrimonio hubo otra hija, que
era tan querida como odiada aquélla.
Una noche, mientras la pequeña Aua
dormía, se le apareció su madre y le habló de esta manera:
-Hija mía, mañana tu madrastra te dará
una piel de carnero para que la laves en el río Amarillo. No le contestes.
Ponte en camino para lavar la piel que tu hermanastra Alimata ha ensuciado.
Vete sin temor, pues dondequiera que tú vayas, yo estaré siempre cerca de ti.